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3/9/2010
 
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Fragmento de Sonata de Otoño de Valle-Inclán
TEXTOS DESCRIPTIVOS Comentarios resueltos
Autor:
Ramón María del Valle-Inclán

Obra: Sonata de Otoño
Selección y comentarios:
Fernando Carratalá Teruel

• Texto: Fragmento de Sonata de Otoño

Concha me llamaba desde el jardín, con alegres voces. Salí a la solana, tibia y dorada al sol mañanero. El campo tenía una emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas. Concha estaba al pie de la solana:

- ¿Tienes ahí a Florisel?
- ¿Florisel es el paje?
- Sí.
- Parece bautizado por las hadas.
- Yo soy su madrina. Mándamelo.
- ¿Qué le quieres?
- Decirle que te suba estas rosas.

Y Concha me enseñó su falda donde se deshojaban las rosas, todavía cubiertas de rocío, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos amores que sólo floreciesen en los besos:

- Todas son para ti. Estoy desnudando el jardín.

Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una fuente abandonada. El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre las terrazas y en los salones, habían florecido las rosas y los madrigales, cuando las manos blancas que en lo viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje, iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones. ¡Hermosos y lejanos recuerdos! Yo también los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia de la noche. Bajo el cielo límpido, de una azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas. Concha estaba al pie de la escalinata, entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas se habían deshojado en su falda, y me las mostró sonriendo:

- ¡Míralas qué lástima!

Y hundió en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas.

- ¡Ah, qué fragancia!

Yo le dije sonriendo:

- ¡Tu divina fragancia!

Alzó la cabeza y respiró con delicia, cerrando los ojos y sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa blanca. Sobre aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en luz como diáfana veste de oro, parecía una Madona soñada por un monje seráfico. Yo bajé a reunirme con ella. Cuando descendía la escalinata, me saludó arrojando como una lluvia de rosas deshojadas de su falda. Recorrimos el jardín. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y amarillentas, que el viento arrastraba delante de nosotros con un largo susurro: Los caracoles, inmóviles como viejos paralíticos, tomaban el sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua, parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono. Cocha me dijo:

- Descansemos aquí.

Nos sentamos a la sombra de las acacias, en un banco de piedra cubierto de hojas. Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchas de musgo, y un sendero umbrío, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada. Florisel pasó a lo lejos entre los árboles, llevando la jaula de sus mirlos en la mano.
Concha me lo mostró:

- ¡Allá va!
- ¿Quién?
- Florisel
- ¿Por qué le llamas Florisel?

Ella dijo, con una alegre sonrisa:

- Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable en un cuento.
- ¿Un cuento de quién?
- Los cuentos nunca son de nadie.

Sus ojos misteriosos y cambiantes miraban a lo lejos, y me sonó tan extraña su risa, que sentí frío. ¡El frío de comprender todas las perversidades! Me pareció que Concha también se estremecía. La verdad es que nos hallábamos a comienzos de Otoño y que el sol empezaba a nublarse. Volvimos al Palacio.


RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN, Sonata de Otoño.

• Comentario explicativo del texto

El fragmento pertenece a una de las obras cumbres de la prosa modernista: la "Sonata de Otoño", de Valle-Inclán, cuya acción se sitúa en el marco de una Galicia aristocrática y llena de supersticiones.

El marqués de Bradomín –“el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental”- regresa al Palacio de Brandeso, llamado por su prima Concha –que fue su amante-, enferma de tisis, y que, finalmente, morirá en sus brazos.

Un leve soporte narrativo –Concha le ofrece rosas al marqués de Bradomín. Ambos pasean por el jardín, hasta que el frío otoñal les hace regresar al Palacio- le sirve a Valle-Inclán de pretexto para describir el ambiente, por medio de una asombrosa conjunción de elementos artísticos –literarios, plásticos, musicales, etc.- que muestran todo el refinamiento de la estética modernista.

El esfuerzo con que ha sido trabajada la lengua es considerable, hasta topar con la forma expresiva más adecuada.

• El léxico refleja el embellecimiento de la realidad; vejez señorial y melancólica; manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas pañolitos de encaje; el cielo límpido, de un azul heráldico; los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica; las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto;...

• Abundan las palabras llenas de colorido: solana dorada al sol mañanero; las manos blancas; las mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido; el cielo límpido, de un azul heráldico; el terciopelo de la yerba; sobre aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en la luz como en diáfana veste de oro;...

• También abundan las palabras de grata musicalidad, especialmente las esdrújulas: vejez señorial y melancólica; jardín húmedo y reverdecido; el cielo límpido, de un azul heráldico; la vida monástica; un pájaro de oro; huellas ideales y quiméricas; mejillas pálidas; diáfana veste de oro; monje seráfico; caracoles inmóviles como viejos paralíticos;...

• La adjetivación es riquísima, hasta el punto de que apenas hay nombres que no vayan acompañados de un adjetivo: alegresvoces; solmañanero; fruto ideal; antiguo jardín; mirtos seculares; fuente abandonada; vida amable; manos blancas; viejos retratos; cándido secreto; día lejano; cielo límpido; cipreses venerales; vida monástica;...

• Resultan frecuentes las parejas de adjetivos pospuestos al nombre: solana tibia y dorada; vejez señorial y melancólica; mañana otoñal y dorada; jardín húmedo y reverdecido; huellas ideales y quiméricas; fondo de verdura grácil y umbroso; hojas secas y amarillentas; ...


• Además de la fórmula fija “nombre+adjetivo+adjetivo”, confieren un ritmo lento al texto las construcciones trimembres –series de tres adjetivos o de tres complementos-, típicas de la prosa de Valle-Inclán: El campo tenía una emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas; el arrullo del agua parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono; un solo sendero ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada.

• Crea Valle-Inclán imágenes bellísimas y metáforas sutiles. Sirvan, como ejemplo de lenguaje metafórico exquisito, estos dos párrafos:

Bajo el cielo límpido, de un azul heráldico,
lo cipreses venerables parecían tener el
ensueño de la vida monástica. La caricia de
la luz temblada sobre las flores como un
pájaro de oro, y la brisa trazaba en el
terciopelo de la yerba, huellas ideales y
quiméricas como si danzasen invisibles
hadas. (...)

Los caracoles, inmóviles como viejos
paralíticos, tomaban el sol sobre los
bancos de piedra: Las flores empezaban a
marchitarse en las versallescas canastillas
recamadas de mirto y exhalaban ese aroma
indeciso que tiene la melancolía de los
recuerdos. (...)


• Nada rompe el hálito de calma y apacible encanto que se desprende de esta prosa, repleta de vocablos cuya significación está cargada de blancura y estatismo, de vocablos que sugieren sosiego, tranquilidad, silencio. Los movimientos son tenues (la danza de hadas invisibles, el deshojarse de las rosas...); los ruidos, apagados (el murmullo de la fuente, el arrullo de agua...).

En suma, Valle-Inclán exhibe en esta página un arte plástico y musical que apura, con prodigioso dominio, las posibilidades expresivas del idioma. Todo es bello, aunque poco convincente, porque el sentimiento amoroso de los protagonistas –Concha y su primo, el marqués de Bradomín- resulta retórico, al estar demasiado disfrazado de literatura.
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