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3/9/2010
 
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(Abr. 04) Cervantes en 1604
CÉSAR LÓPEZ LLERA. Premio de Periodismo Literario Eulogio Florentino Sanz
Allá por la primavera de 1604 Miguel de Cervantes trajinaba por Madrid y se escapaba en cuanto podía a Esquivias y Toledo, como hacía desde que abandonara Sevilla cuatro años atrás. El viejo soldado de la mano baldada, el funcionario retirado, harto de caminos polvorientos, posadas incómodas, excomuniones, procesos y hasta cárcel, aspiraba a una vida regalada y tranquila llena de mercedes, aplausos y admiración. No en vano, había empuñado la pluma y espoleado su ingenio para que un cincuentón manchego que se había cansado de no ser más que un triste, frustrado y buen hidalgo, se decidiera a lanzarse a los campos de La Mancha en busca de sí mismo y de aventuras. Abstraído y nervioso recorría calles medio vacías y más tranquilas que antaño (la Corte se había trasladado a Valladolid en 1601 por capricho del duque de Lerma) y soñaba con un nuevo libro suyo impreso (La Galatea se había publicado en 1585). Animoso, finalizaba los últimos capítulos, retocaba otros, pensaba el prólogo, dudaba entre solicitar versos a los amigos para ponerlos al frente o burlarse de esa costumbre, rumiaba el nombre del noble al que dedicárselo, calculaba cuánto ganaría... Buscaba la gloria literaria, pero perdía pronto las ilusiones, pues la Fortuna se comportaba con él como una moza esquiva, displicente y malintencionada. Solo el buen vino, los naipes y las piernas de las danzarinas le ayudaban a olvidar las pesadumbres presentes y aun los padecimientos pasados en sus 57 años de existencia azarosa: vida de soldado, cautiverio en Argel, autor teatral, servicios al Rey como proveedor de víveres, recaudador de impuestos y negociante.

Cuando acabó su disparatada novela se la ofreció al librero Francisco Robles y en julio se marchó a la ciudad del Pisuerga a vivir con las que la maledicencia popular apodó “las Cervantas”: sus hermanas Andrea y Magdalena, su sobrina Constanza, hija de la primera, su hija Isabel de Saavedra, fruto de sus relaciones con Ana Franca, y su mujer Catalina, con la que reanudó por entonces la convivencia. Como los caseros abusaban con los alquileres, caros, escasos y mal acondicionados, los que carecían de riquezas se acomodaban a las afueras en casas compartidas, donde con más molestias que comodidades gozaban del privilegio de vivir en la ciudad cortesana del pío Felipe III. En la de Cervantes se repartían en los dos pisos y el abuhardillado los miembros de su familia y otros trece vecinos, que disfrutaban de los derechos a bulla y olores a fritanga y vinazo de la taberna del bajo, donde con frecuencia asomaban los cuchillos de los matarifes. Por algo aquella zona, a espaldas del Hospital de la Resurrección citado en El coloquio de los perros, se conocía como Rastro de los Carneros por las huellas de sangre dejadas por las reses sacrificadas en el cercano matadero.

Cervantes, hombre paciente, burlón y posibilista, escribe, trata negocios, pasea y participa en la animada vida literaria, mientras espera el privilegio real y la aprobación para imprimir su Quijote. Tan pronto como llegan en el mes de septiembre, se los envía al impresor Juan de la Cuesta, que finaliza su composición a finales de diciembre, si bien los primeros mil quinientos ejemplares no se ponen a la venta hasta principios de 1605. El éxito es fulminante y en junio aparecía la segunda edición. ¡Demasiada suerte para hombre tan desafortunado! El acuchillamiento de Ezpeleta frente a su casa el 27 de junio, en el que nada tiene que ver, da con sus huesos en la misma cárcel en la que ya encerraran a su abuelo y a su padre. Difamado, sin fortuna y rodeado de mujeres mal vistas por la vecindad, se ausenta de Valladolid en verano y vuelve en otoño. El regreso de la Corte a Madrid a fines de enero de 1606 lo lleva con su mujer a Esquivias hasta el otoño. Allí encontraría paz y reposo para pergeñar nuevos proyectos literarios y fuerzas para reincorporarse al mundanal ruido del Barrio de los Literatos de la Villa y Corte. Le quedaban ocho años de vida llenos de actividad, encontronazos, sinsabores, incomprensión, envidias, dignidad, mucha dignidad, y pobreza. En 1613 publica sus Novelas ejemplares, en 1614 el Viaje del Parnaso y en 1615 Ocho comedias y ocho entremeses nunca representados y la segunda parte del Quijote, donde el licenciado Márquez Torres lo describe como “viejo, soldado, hidalgo y pobre” y él lamenta que se burlen de su vejez y de su manquedad. Nos consta que ni siquiera tenía para unos anteojos bien parecidos por las burlas de Lope de Vega, que se refiere a ellos en una carta al duque de Sessa como: “huevos estrellados, mal hechos”. Aunque había triunfado, las mieles del éxito no le empalagaron y las digería con tanta ironía como escepticismo y orgullo. Se moría cuerdo, como don Quijote, demasiado cuerdo, tanto, que el 19 de abril de 1616, cuatro días antes de rendir su alma a Dios, escribía al Conde de Lemos la carta que figura al frente de su Persiles reconociendo tener “puesto ya el pie en el estribo”. La desidia, la ingratitud y el olvido hicieron que se perdieran sus restos en una reforma efectuada a finales del XVII en la iglesia del convento de las trinitarias descalzas de san Ildefonso donde fue enterrado. Somos polvo, humo, sombra, nada, pero don Miguel de Cervantes y el Caballero de la Triste Figura cabalgan eternamente a lomos de libros desbocados, maliciados y saltarines.

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