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(Mar. 04) Garcilaso de la Vega, poeta enamorado César López Llera. Premio Nacional de Periodismo Literario Eulogio Florentino Sanz |
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Al recorrer las calles de la Ciudad Imperial me imagino al adolescente Garcilaso de la Vega como un muchachillo refinado, amigo de las buenas letras y extremadamente sensible, que pasea por los arrabales repitiéndose versos latinos de Horacio, Virgilio, Ovidio... aprendidos gracias a Pedro Mártir de Anglería. Sus andares elegantes le llevan hasta las riberas del Tajo, donde en soledad amena sueña con ninfas y pastoras enamoradas, a las que representa en su mente con los cuerpos de las mozas cuyos baños espía en verano, o con el de una doncellita toledana con la que en la infancia compartió juegos, en la pubertad miradas cómplices, en la juventud placeres prohibidos y durante toda su vida recuerdos nostálgicos: “En este amor no entré por desvarío, / ni lo traté, como otros, con engaños, / ni fue por elección de mi albedrío: / desde mis tiernos y primeros años / a aquella parte m´enclinó mi estrella / y aquel fiero destino de mis daños”. La Camila que evoca el pastor Albanio en la Égloga II no es otra que doña Guiomar Carrillo, que en 1529, ya muerto Garcilaso, confesó sus amores y reconoció a Lorenzo Suárez de Figueroa como hijo de ambos: “Entre mí y el dicho Garcilaso hubo amistad y cópula carnal mucho tiempo, de la cual cópula carnal yo me empreñé del dicho señor Garcilaso”. Si poco nos cuesta revivir el dolor y las lágrimas del joven cortesano al no poder casarse con su amada, no sabemos si por la militancia comunera de la familia de la dama o por los orgullos nobiliarios de la época, menos esfuerzo nos supone imaginárnoslo consolándose entre brazos menos comprometidos, como los de Elvira, moza de un pueblo de Extremadura cerca de Los Arcos, de la que cree estar: “en cargo de su honestidad” en 1529.
Entre placeres y dolores “el caballero más hermoso y gallardo de cuantos componían la corte del Emperador”, que escribiera fray Prudencio de Sandoval, se ejercita en la escritura, la lectura, la música, la danza, la hípica, la esgrima... Ya no bastan la fidelidad, la nobleza y el arrojo guerrero para ser bienquisto, sino que se exigen otras muchas cualidades a los caballeros: elegancia, locuacidad, discreción, mesura, inteligencia..., según describiera Castiglione en El Cortesano.
Practicante de tal ideal, Garcilaso profesó como poeta y soldado, sirviendo con su pluma a Venus, con su espada a Marte, con sus brazos desnudos a su esposa doña Elena de Zúñiga y con sus manos libres a su pecho atribulado: “estó ya tal que todos me han dejado / sino el dolor qu´en sí me tiene vuelto”, que en la vida de todo hombre hay lugar para el dolor y el desengaño.
Si su primer gran amor fue desdichado y otro u otros juegos con la honestidad, el que profesó a Isabel Freyre, aparte de imposible, trágico, pues la dama portuguesa del séquito de la Emperatriz Isabel, también cantada por Francisco Sá de Miranda, murió pronto. Tal desdicha no menguó su vena poética, sino que la inflamó más, dando como resultado una colección de poemas que Antonio Prieto lee como una historia de amor dividida en composiciones “in vita e in morte” de Isabel, a la manera del Cancionero de Petrarca. Sobre su tumba derramó lágrimas infinitas para lamentarse de la sordera de sus “cenizas desdeñosas” y ella movió “la voz a ti debida” del poeta, aunque no fuera el único motor, pues durante su estancia en Italia con la que le conmutaron el destierro en una isla del Danubio por su tan romántica como rebelde asistencia a la boda de su sobrino, desaprobada por el Emperador, parece que su corazón se vio consumido por la hermosura de una dama napolitana, cuyo nombre se niega a revelar a Boscán, y que hay quienes identifican con Catalina Sanseverino.
Bien supo ver Miguel Hernández las heridas de nuestro poeta al afirmar que: “Hay en su sangre fértil y distante / un enjambre de heridas: / diez de soldado y las demás de amante”. Las cicatrices de la guerra que le desfiguraron el rostro pudo ocultarlas tras la barba, pero las del alma no cicatrizaron ni cicatrizarán jamás mientras haya ojos enamorados que sientan sus versos. Si cumpliendo con el crudo, riguroso y fiero Marte fue herido y murió, por servir a Venus recibió golpes tales que lo hicieron inmortal: Omnia vincit amor.
Fue Garcilaso un poeta enamorado de la mujer, de la amistad, de la Naturaleza, del saber, del Arte, de la vida y, en el fondo, poco aficionado a la guerra, a pesar de participar en numerosas batallas y de morir en una; de hecho, en la “Elegía I” se queja del excesivo belicismo y de sus consecuencias “¡De cuántos queda y quedará perdida / la casa, la mujer y la memoria, / y d´otros la hacienda despendida! / ¿Qué se saca d´aquesto? ¿Alguna gloria? / ¿Algunos premios o agradecimiento?”. Escribió Rafael Alberti que si Garcilaso volviera él sería su escudero. Yo también: para llevarle la pluma y destruirle las armas.
Propuestas didácticas
Poemas con cuadros para leer a Garcilaso
Enlaces relacionados:
www.garcilaso.org
http://www.cervantesvirtual.com/FichaAutor.html?Ref=719
http://cvc.cervantes.es/actcult/garcilaso/ |
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