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1/8/2010
 
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(Ene. 04) La casilla de Lope de Vega
CÉSAR LÓPEZ LLERA. Premio Nacional de Periodismo Literario Eulogio Florentino Sanz
En el Barrio de las Musas o de los Literatos de Madrid se conserva la Casa Museo de Lope de Vega, la “casilla” donde amó, sufrió, rezó, escribió... los últimos veinticinco años de su vida.

De ella salió para que lo enterraran en la iglesia de san Sebastián, no sin antes pasearlo por el cercano convento de las Trinitarias para que lo despidiera sor Marcela de san Félix, su hija monja. Tan dramático momento fue recreado por Suárez Llanos en un cuadro que se exhibe en el Museo Municipal de la Villa y Corte.

La calle en la que se encuentra se denominaba en el siglo XVII calle de Francos, llevando en la actualidad el nombre de Cervantes, que vivió y murió en la esquina con la del Mulidero o Menedero (hoy prolongación de la del León). En torno a esa esquina y a la de la calle del Prado se congregaban cada mañana las gentes de la farándula (dramaturgos, comediantes, danzarinas, poetas, maestros de música...) en el célebre Mentidero de Representantes.

A escasos metros del hogar de Lope, en la calle del Niño (hoy de Quevedo), compró el autor del Buscón una casa que “desgongorizó” cuando la abandonó su enemigo más renombrado: don Luis de Góngora. Nunca vivió en ella don Francisco, aunque frecuentaba en el barrio bodegones, tabernas (era famosa la de Lepre), casas de juego, corrales de comedias y mancebías, pues muchas de las que Lope llamaba “caballeras del tusón” vivían en la zona (la célebre Xerezana era vecina suya).

Se trataba de un barrio tan bohemio y jaranero como tranquilo y discreto, surgido en la ampliación de los años setenta del siglo XVI. Crecía entre la carrera de San Jerónimo, la calle de Atocha y el Prado de san Jerónimo y su cotización subió en los años treinta del siglo XVII al inaugurarse en sus cercanías el Palacio del Buen Retiro. Pasear despacio por él evocando el Siglo de Oro es placer reservado a los amantes de las buenas Letras y a los amigos de adentrarse en las entrañas del viejo Madrid, en el que aún es posible encontrar vetustas librerías, olvidadas tascas y decenas de rincones con sabor antiguo, que sobreviven milagrosamente.

Lope de Vega compró la casa en 1610, ya casado con Juana de Guardo, su segunda mujer, que sufrió con la resignación discriminatoria de la época las infidelidades de su marido con la cómica Micaela Luján, la “salteadora gentil” que le dio cinco hijos, o con Jerónima de Burgos, para la que escribió La dama boba. Allí vivió el matrimonio algunos de sus momentos más felices y trágicos, como los que evoca al lado de su adorado Carlos Félix, cuya muerte con seis años le produjo un gran dolor, incrementado al año siguiente (1613) con el fallecimiento de Juana. Mitiga los ramalazos de la vida entre los brazos de sus amantes hasta que decide ordenarse sacerdote (1614). Cautivo de su cuerpo y de sus pasiones se enamora de los ojos verdes de la malmarida Marta de Nevares, su último gran amor, a quien mimó tras quedarse ciega y enloquecer, durante diez años de penosa enfermedad. El cura cincuentón y mujeriego vivió por entonces los peores momentos de su vida: fallecimiento de Marta (1632), huida de casa de Antonia Clara (17 años) con un galán de apellido Tenorio y llamada de la Muerte, con cuya cercanía llegó a decir que hubiera cambiado cuantos aplausos había recibido por haber hecho un acto más de virtud en esta vida.

Nos recibe la casa con una inscripción latina en el dintel de la puerta: D.O.M “Parva propria magna / magna aliena parva,” (Que propio albergue es mucho, aun siendo poco, y mucho albergue es poco siendo ajeno), con la que manifiesta el orgullo por su casa, que conserva un hermoso jardincillo al que llamaba “mi huertecillo”, “venturoso rincón”, en el que encontraba, según Gómez de la Serna: “su deseada paz de campo en la ciudad”. La mosqueta, los claveles, el limonero, los lirios, las valerianas, las azucenas, los narcisos, los jacintos, los alhelíes, el sándalo, los tulipanes que poblaban su particular “hortus conclusus” contribuían a que el Fénix de los Ingenios hallara un poco de serenidad, reposo y paz sin salir de la Corte. Se trata de todo un regalo a los sentidos en pleno centro de la capital de España.

Sobrecoge contemplar su pequeño Oratorio, en el que resulta fácil imaginárselo arrodillado en el reclinatorio en piadosa oración y emociona entrar en su estudio, el célebre “aposentillo” en el que conservaba sus 1500 libros, despachaba el correo, leía, escribía y sufría los rigores de la creación literaria entre frío y sudores. Allí parió obras como La dama boba, El perro del hortelano, El caballero de Olmedo, Peribáñez y el Comendador de Ocaña, Fuenteovejuna, La Jerusalén, La Dorotea, Rimas..., convencido de que a pesar de los aplausos y de la fama, en el fondo no era más que “un poeta, que en España son como las rameras, que todos querrían echarse con ellas, pero por poco precio, y en saliendo de su casa llamarlas putas”. Ante la mesa y el sillón frailero uno se imagina al Lope real, humano, trabajador infatigable, que pasaba allí momentos de dolor y de risa, de miseria y de gloria, de vigilia y de sueños, yendo y viniendo de sus soledades, luchando con las Musas, sintiéndose envejecer y cercar por la Muerte, que lo visitó en su sencilla alcoba, ante la que uno experimenta la emoción de velar su cuerpo ausente.

Mención aparte merecen el estrado, la cocina (que no se encuentra en su lugar originario), el comedor y los dormitorios, que sirven, como ocurre con la Casa de Cervantes de Alcalá, para aproximarnos a las costumbres y modos de vida de la época. Resulta curioso el cuarto del capitán Contreras, la habitación de huéspedes, por la evocación que se hace de Alonso de Contreras, el famoso aventurero español que se alojó en su casa durante más de ocho meses. Lope de Vega le dedicó El rey sin reino y sus andanzas se encuentran recogidas en su autobiográfica Vida del capitán Alonso de Contreras, solo accesible en el tomo nonagésimo de la Biblioteca de Autores Españoles.

Lope es unos de los gatos más importantes (así se llama a los madrileños) de la Villa y Corte, aunque su gatera no sea objeto del reconocimiento que merece, ni por parte de las autoridades ni de los paseantes y visitantes de Madrid. De hecho, la Casa Museo de Lope de Vega posee un horario bastante restringido y las visitas son demasiado rápidas y menguadas en explicaciones. No sería mala idea potenciar promociones turísticas que incluyeran la visita a la casa, al barrio y a una función teatral. El Barrio de los Literatos se lo merece y nuestros escritores clásicos también.

Casa Museo Lope de Vega

Calle Cervantes 11
28014 – Madrid
Teléfono: 91 429 92 16/ 429 71 49
Fax: 91 429 92 16 (tardes)
Horario:
De martes a viernes de 9,30 a 14 horas
Sábados de 10 a 14 horas
Cerrado: Lunes, domingos y festivos
Precio: 1,50 euros.
Descuento a grupos de enseñanza o culturales, jubilados, niños, estudiantes: 1,00 euro. Sábados: gratuito.

Propuestas para el aula

Textos de Lope de Vega y actividades para adolescentes

* Imágenes extraídas de González Martel, Juan Manuel, «Casa Museo Lope de Vega. Guía y catálogo», Madrid, Real Academia Española, 1993.
© Real Academia Española, 1993
© Comunidad de Madrid, 1993
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