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1/8/2010
 
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(Dic. 02) Releer a Unamuno
CÉSAR LÓPEZ LLERA. Escritor y profesor de Lengua y Literatura
Amor y pedagogía, la segunda novela de Miguel de Unamuno, cumple cien años. Desde su publicación no ha dejado de perturbar a los lectores. A algunos nos entusiasma, a otros les indigna y no faltan los que ni tan siquiera la acaban por considerarla una burla. Se trata de una obra ante la que no cabe la indiferencia: apasiona o irrita. Es tal su originalidad que no admite seguidores, sino idólatras o renegados. Unamuno repitió muchas veces la máxima de Píndaro: “Aprende a ser lo que eres” y gritó angustiado que quería ser él mismo y serlo eternamente. A fuerza de serse creó un arte inimitable, intrigante, imperecedero, que tan bien refleja esa inquietante estatua salmantina a él dedicada, que da la espalda al reino imaginario de Camelot y se lanza en rampante llama agónica hacia la Casa de las Muertes. Siempre en el límite, su cuerpo no descansa en paz, sino que se excita en guerra consigo mismo y contra el mundo entero, predicando con el ejemplo que hay que hacerse contra las cosas. El sueño no es imagen de la muerte, sino la muerte imagen del sueño. Si abrieran su tumba no encontrarían huesos sino polvo de alma agonizante, dudas y contradicciones fosilizadas, barro inmortal dispuesto a recibir el soplo divino para transformarse en hombre de carne y hueso de nuevo. El otro, el que murió, deambula por los bosques del pensamiento hecho libro en pena, agitando conciencias y asustando incautos lectores al grito de “¡Quiero vivir!”

La revelación de don Miguel en el mundo narrativo se produjo con Paz en la guerra (1897), su aportación a la saga de novelas sobre las guerras carlistas de estética decimonónica. Fue la única de ese corte, porque ya en la siguiente, Amor y pedagogía (1902), la anónima voz del prologuista no se atrevía a clasificarla como novela y la sentía como una extravagancia literaria fruto del “espíritu agresivo y descontentadizo” de su autor. Con ella nacía la nivola unamuniana. Tal fue la indiferencia y la incomprensión ante la obra que Unamuno no publicó otra nivola hasta 1914, cuando sorprendió con Niebla, en cuyo capítulo XVII teoriza sobre su fabulación renovadora.

Si Stendhal se empeñó en fabricar un espejo-novela que situar ante el camino de nuestras vidas para reflejarlas con realismo, Unamuno lo hizo añicos porque entendía que a la narrativa le faltaba “la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad”. Rector quijotesco y bufón, en vez de ejercer de intelectual sensato, se metió de rondón en el mundo literario y se dedicó a promiscuar con tal descaro y falta de respeto que terminó haciendo pajaritas de papel con los tratados canónicos de la novela al uso. Tal afición compartieron con él otros autores, pues no conviene olvidar que en 1902 también se publicaron La voluntad de Azorín, Camino de perfección de Baroja y Sonata de otoño de Valle Inclán.

La desnudez narrativa, los agonistas, el perspectivismo, la importancia del diálogo y del monodiálogo (antecedente del monólogo interior), la estructura abierta... son características que anticipan el experimentalismo de Joyce o de Faulkner. Los hombres del 98, como ha escrito Umbral, “traían la modernidad” junto a Rubén Darío y a Juan Ramón, y, con ella, la renovación de los géneros literarios y la originalidad de sus voces personalísimas, con las que dinamitaron los principios estéticos de la literatura realista, preparando el camino a la Vanguardia.

Fiel al principio que más tarde expuso en Cómo se hace una novela (1924), según el cual “la filosofía es, en rigor, novela o leyenda”, en Amor y pedagogía se dedica a filosofar novelando o a novelar filosofando sobre las limitaciones del positivismo y del racionalismo. Ávito Carrascal, “hombre del porvenir” se propone crear un genio a través de la pedagogía sociológica con la ayuda de don Fulgencio. Tras buscar la Materia para darle su Forma, educa al hijo resultante para que sea un hombre dominado por los principios cientificistas y no tenga en cuenta sentimentalismos ni religiosidad alguna. Lejos de triunfar en su intento, Apolodoro (Luisisto para su madre), se hace escritor, sufre un desengaño amoroso e, incapaz de encajar sus fracasos, se reconoce “genio abortado” y se suicida para no dejarse morir. El padre-materia, perplejo, hasta reza, aunque se muestra dispuesto a aplicar su pedagogía al nieto que le dará Petra, la criada con la que el hijo desahogó su libido.

Si innovador se muestra Unamuno en la forma, no menos lo resulta en el hilo argumental y en los temas, que lo delatan como precursor del existencialismo europeo. Las especulaciones de don Fulgencio sobre el “momento metadramático” o sobre el “erostratismo”, invitan a reflexionar sobre la libertad humana, el ser, el existir, la muerte, la vida, la eternidad, Dios. El germen de las monomanías unamunianas y de su sentimiento trágico de la vida aparecen en esta obra.

En el año de su centenario, Amor y pedagogía sigue más viva que nunca. Quizá hoy nos interese como texto que propone una meditación en torno a los límites éticos de la ciencia; no en vano, Sinforiano prevé la clonación al afirmar “que llegará a hacerse hombres en retorta” y Apolodoro monologa antes de suicidarse sobre la necesidad de hacer a los hijos “en amor y no en pedagogía”. Quizá ahí falle la educación. Los niños y los adolescentes pasan más tiempo entre pupitres, pelotas, ordenadores y videoconsolas que entre abrazos. Hace poco me lo confesaba un alumno: “Lo tengo todo, profesor, todo, menos cariño, por eso no puedo estudiar”. Como catarsis, releí a Unamuno. Debería ser el sustento ideológico de la Ley de Calidad de la enseñanza. Pero ahora lo que se lleva es fabricar Apolodoros por aprendizaje significativo. Que Dios nos perdone.
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