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1/8/2010
 
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(Oct. 02) Émile Zola
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Se cumplen 100 años de la muerte del escritor francés Émile Zola, una oportunidad propicia para revisar su obra y los principios de compromiso y honestidad que le guiaron.

Creador del movimiento naturalista y dueño de una obra ingente en la que pretendió abarcar nada menos que la totalidad del carácter humano, su existencia quedó marcada por su participación en el caso Dreyfus. “J’acusse”, la carta abierta en la que defendió la inocencia del capitán judío acusado de espionaje, es un claro ejemplo de honestidad y máximo exponente del compromiso de quienes, despectivamente, fueron denominados ‘intelectuales’.

La infancia y juventud de Émile Zola, nacido en París en 1840, estuvieron marcadas por la orfandad y las estrecheces económicas. Por esta causa, no pudo terminar los estudios secundarios y se vio obligado a desempeñar un sinfín de ocupaciones con el único objetivo de subsistir. Tuvo el primer contacto con el mundo literario gracias a la editorial Hachette, que le empleó en su departamento de publicidad. A partir de entonces, la literatura y la práctica del periodismo fueron su actividad principal, nutriéndose mutuamente hasta fundirse en el estilo que le caracterizó.

El naturalismo

Pese a que sus primeros textos aún se hermanan con el romanticismo, la gran aportación de Émile Zola es la creación de la corriente naturalista, una literatura de corte científico en la que la subjetividad del autor quedaba enterrada bajo el espectro de la naturaleza. Para llevarlo a cabo, ideó una novela que recogiera todos y cada uno de los matices del carácter humano.

Inspirado en la “Comedia humana” de Balzac, Zola reunió una serie de 20 libros bajo el título genérico de “Los Rougon-Macquart, una historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio”. De la saga destacan las novelas “La taberna” (1877), enfocada a denunciar los estragos del alcoholismo, “Nana” (1890), donde desentraña las miserias de la sociedad burguesa, y “Germinal” (1885), dedicada a las luchas obreras en una explotación de carbón.

El caso Dreyfus

En diciembre de 1894, el capitán Albert Dreyfus es acusado de espionaje para Alemania y condenado a la deportación de por vida. El caso toca las fibras más íntimas de la sociedad francesa. Dreyfus, de origen judío, se convierte en centro de las iras nacionalistas y antisemitas. Pero las sospechas de juicio fraudulento comienzan a tomar cuerpo incluso entre algunos miembros de las fuerzas armadas, que acusan al comandante Charles Esterhazy de ser el verdadero autor de la traición. En un juicio posterior, Esterhazy resulta absuelto.

Es el comienzo de una rebelión civil en la que Émile Zola toma partido en enero de 1898, cuando el periódico L’Aurore publica su famosa carta “J’Acusse”. En ella, Zola señala a distintos mandos militares de complicidad “en una de las mayores iniquidades del siglo”. Al escritor no lo movía la inquina (“No conozco a quienes acuso, ni tengo contra ellos rencor ni odio. No son para mi más que entidades, espíritus de un mal social.”, escribe) sino un auténtico deseo de justicia que coincidía con la honestidad creativa que mantuvo en toda su vida.

Algunas personalidades como Anatole France, Emile Duclaux o un joven Marcel Proust no dudan en apoyar a Zola. Rápidamente son tachados de “intelectuales”, usado entonces a modo de insulto. La acción no evita el juicio contra el escritor, quien, condenado a un año de prisión y al pago de 3.000 francos de multa, huye a Inglaterra. Pero la denuncia de Zola había dado sus frutos. El caso se reabre y en 1899 tanto Dreyfus como Zola vuelven del exilio. Tres años después, el 29 de septiembre de 1902, el creador del naturalismo muere en París, intoxicado por el monóxido de carbono que emitía una chimenea defectuosa.

Más información:

J’Acusse (en francés)
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